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  EN  PROSA  Y  VERSO  
     
     
     
 

  

Verano de 2020

En una larga tarde de verano con una tertulia amena y constructiva, Rafael Peinado me propuso participar con algún que otro cuento, relato, poesía, en fin lo que fuera por enaltecer la cultura, en la Asociación de Amigos de Sorbas. No me lo pensé y le dije que sí. Repasé mis archivos de más de cuarenta años y empecé a construir esta historia divida en tres partes.

         " El día que Máximo Mínimo salió una mañana y no se supo más de él ", es la primera parte de HOMINES, historia compuesta  de tres relatos, que se pueden leer juntos o por separado. Tienen en común el lugar donde se desarrolla la acción y los personajes del lugar, he intentado que pasen desapercibidos, ¡o no!

¡Espero que os guste!

 
     
 

 

PRÓLOGO

            Las figuras efectuadas durante épocas pasadas en las paredes de las cavernas y cuevas de todo el mundo, dejaron mensajes de otra humanidad ya olvidada hoy por todos, o casi todos. Hubo humanos distintos mucho antes que la historia los descubriera. Este hecho trivial ha sido guardado por la leyenda, pasando oralmente de progenitores a descendientes, escondiendo un secreto todavía inquietante. Aunque algunos de ellos nunca supieron quienes eran hasta el final de su misión.

      Non est ad astra mollis e terris via

(No hay forma fácil de llegar a las estrellas desde la tierra)

                                                                                              Lucio Anneo Séneca

 
     
   
     
  El día que Máximo Mínimo salió una mañana y no se supo más de él  
     
 

No le hacía  difícil recordar cómo era el cosmos antes de que irrumpiera la luminiscencia vespertina alumbrando el oeste, y aún podía recitar con la mirada las  figuras de las constelaciones en el firmamento, una extensiva y desconsolada extensión azul tan vacía como las fisonomías sin pupilas de las figuras de mármol, que en algún libro vio alguna vez.

Esta mañana no iba a ser una mañana normal, y lo presentía. A lo mejor era una necedad… las mariposas se agitaban en el estómago.

Salió a la galería donde el amanecer se vislumbraba a lo lejos, oteó hacia las  alturas y aunque siendo pocas, las estrellas parecían las pupilas del gigante Gargantúa. El vacío se rellenaba con la luminaria de la alborada, el caos del universo tenía perspicacia y, sin embargo, el hecho de que las figuras que titilaban fueran ínfimas meras luces, deslumbrantes y lúcidas, parecía insinuar cierta ironía por parte del escultor del cosmos… como si al tiempo que deseaba proveerlas de pupilas, hubiera temido dotarlas de vista.       

Como resultado de aquella mezcla a partes iguales de temor y deseo, el contraste entre la insignificancia de las estrellas y la inmensidad del espacio, parecían constituir todo un aviso de cautela y peligro.

Poco a poco las casas limítrofes, bañadas con el albor del sol naciente irradiaban una blancura perfecta.

Se dio la vuelta y observó atentamente el habitáculo, como si no lo volviera a ver otra vez. Los visillos que tuvieron tiempo mejores, estaban descorridos, no los cerraba por vaguedad ¡No!, si no por la suciedad acumulada en los mismos, era un hombre empírico, cortinas desplegadas, cortinas limpias...

Nunca le apenó relegar a la civilización, pues el olvido en una parte de su memoria representaba una constante en su vida. Eran muy pocas las cosas que necesitaba, leche, un poco de pan, chorizo, relleno, una buena olla melera, con su tocino y oreja, poco, pero consistente, todas ellas grabadas por los genes recibidos de sus antepasados, y guardados en esa área de almacenamiento que era su instinto del buen yantar.

Tenía cuarenta y pocos y era unos de los últimos de su linaje. Cuando se quedó huérfano, sus hermanos mayores se fueron a Deutschland como cualquier hijo de vecino: un marco, cincuenta pesetas.

- ¡Como era posible ¿Se preguntaban?!

El delirio de tener una existencia mejor se convirtió en servidumbre. El tiempo una constante invariablemente sabia pone a las personas en su lugar, y él lo sabía, tenía ese don que les faltaba a otros.

- ¡Mejor tener menos y no tener más, que ser esclavo de la concupiscencia! -solía decir en sus momentos de apogeo.

 Sus familiares lo consideraban un simple porque no estaba dispuesto a salir del pueblo, unirse a la modernidad. Lo consideraban un tipo raro, como si no fuera de la familia… Solían decirle que no se pueden resucitar a los muertos, pero el siempre pensó que los muertos nunca expiran, aunque sean en el recuerdo.

Imperturbable ante la belleza de la alborada cogió el zurrón. Examinó cuidadosamente los pertrechos incluidos en su interior: queso, chorizo, pan un poco duro del día anterior y el cayado de su padre.

Semejante báculo lo había llevado el viejo toda su vida, y era el único recuerdo material que le quedaba de él. Constantemente recordaba la historia que le refería su padre sobre su desaparición, pero siempre creyó que eran historias de noche de invierno junto a la chimenea.

- Hijo, te voy a contar una historia. -le dijo su padre.

- En una tarde de verano ya atardeciendo me encontraba con los animales cerca de la cerrada junto a la cueva. De pronto el cielo se volvió estrellado al máximo. Este descendió muy despacito, como si se hubiera clavado en el horizonte... Los haces de luz que emitía parecían como un palacio enorme, apuntalado como con un sinfín de pilares resplandecientes de luz blanca azulada. Como una hormiga me sentía al mirar semejante espectáculo. Cuando miraba hacia arriba no existía la noche, ni las estrellas y daba la sensación de que no existía ni la primavera ni el otoño ni el invierno, como si el tiempo se hubiera parado. Tres días y tres noches estuve  desaparecido. Todos me buscaron con ahínco. Al cuarto día aparecí y nunca pude recordar donde estuve.

- Una mañana me levanté y me encontré este cayado en la puerta. Siempre lo he tenido conmigo ¿Me ha traído suerte? creo que no, más bien entendimiento. Cada vez que lo cogía vibraba y me venía a mi cabeza unas ideas que no entendía, no sé como explicártelo…

 A los nueve meses naciste tú, siempre supe que eras el elegido. Este cayado será tuyo cuando yo no esté, le decía dándole un beso en la frente. Máximo Mínimo le encantaba que le contara continuamente la misma historia, siempre se dormía acurrucado a los pies de su padre junto a la chimenea,  cuando escuchaba… a los nueve meses naciste tu.

En las largas noches de invierno en su soledad, Máximo Mínimo se sentaba frente a la chimenea. Contemplaba la lumbre con el cayado entre sus manos, a veces tenía la sensación de que vibraba, viniéndole extraños pensamientos. “El mantenimiento de las costumbres, el sentido de la existencia” eran elucubraciones que le iban y le  venían ¿No sabía por qué? Aunque siempre había creído que eran parte de libro de las esculturas de un tal Fidias que ojeó un día, donde se le quedó una frase grabada en su memoria, que recordaba como una letanía, pero todavía no había llegado a descubrir su significado: “Fidias hijo de Cármides, ateniense, me hizo”   en sus momentos de chimenea siempre la recitaba y a la misma vez se preguntaba ¿Quién sería el tal Cármides? Estas y otras reflexiones le reconfortaban en su soledad.

Había tenido alguna que  otra conversación en las largas tardes de verano en su porche junto a un gran parral, con algún que otro universitario que venía de vacaciones en estío.  Sentados los dos  en sillas de enea un poco gastadas por el tiempo, le ilustraba este, que este tipo de reflexiones versaban sobre la virtud de la prudencia e involucraba a la conversación de cuatro filósofos. En resumidas cuentas, era  filosofía, le dijo el licenciado. Cuando deliberaba en sus momentos de procesión interior, lo único que le quedaba es que  era una bonita palabra...

Nunca observó que cada vez que le venían las reflexiones el cayado oscilaba.

Cerró la puerta y se encaminó hacia los corrales, donde los animales al oírlo llegar pateaban la puerta con nerviosismo por salir. Cármides era un can, mezcla de chiguagua, lebrel, podenco y alguna mezcla mas tenía el animal que él nunca fue capaz de resolver o adivinar, pero esa mezcla le hacía especial, en él la raza canina dejo todos sus genes.

- ¡Cármides, ven chucho, ven! -le instaba Máximo Mínimo. El animal daba saltos a su alrededor, con una alegría inusitada. 

Abrió la puerta del corral. Éste, en su interior tenia metro y medio de cagarrutas de cabra, para que limpiar el corral… los animales nunca se habían quejado.

Salieron como un rayo, inspeccionó que estaban todos: mantequilla, margarita, bola de nieve, filosofía y Billy el niño. Billy era un magnifico macho, de cuerpo esbelto, pelo fuerte y áspero y barba estrecha, con unos magníficos cuernos, curvados hacia atrás. Era lo más valioso de su lacónico rebaño. Los animales siempre habían sido muy valiosos para él, le mantenían vivo y merecían toda su filantropía, aunque llevaran la pezuñas largas y el corral estuviera un poco escabroso ¡Eran daños colaterales!

 Podía estar en el bando de los perdedores en esa partida de cartas de los que se quedan, pero no tenía la menor intención de indultarse a sí mismo ni entregarse al néctar de la civilización. Nada le resultaba más insoportable que la mirada de los desalentados que dejaban la vida rural, creyendo que la verdadera existencia estaba en la metrópoli. Sabía que si alguna vez encontraba esa mirada en el espejo, sucumbiría.

 Derecho como una estaca se dirigió hacia la iglesia, bordeando la misma se dirigió hacia la carretera. Cármides, delante saltando de alegría y haciéndole cara para jugar al tirar. Los animales con el sonido de los cencerros y el ruido de castañuelas que hacían las pezuñas al pisar el asfalto, marchaban delante de él. Siempre había intuido que sus cuatro cabras y Billy el niño, no le iba a sacar de pobre. El problema de tesorería no era acuciante pero si necesario, estaba pensado vender algo para poder seguir la existencia que llevaba.

En otras épocas habría conseguido trabajo sin problemas en alguno de los hoteles de Roquetas de Mar o Aguadulce e incluso en la fábrica de pollo “la foca”, raro nombre para una fábrica de pollos, siempre pensó. Pero esa era otra historia. Una vez vio un anuncio en un periódico, en el cual te instaban a ganar un buen dinero diario. Lo único que había que hacer era apuntarse. Se apuntó el primero, pero cuando se enteró que había que trabajar, después de mucho dilucidar tomó la determinación de borrarse, aun no estaba preparado para dar ese salto en su vida.

No era muy partidario de que La Mela se hubiera transformado con los años en un lugar de esparcimiento de fines de semana. A pesar de la aridez, La Mela se expandía, una casa adosada pegada a otra casa adosada, sacrificando sin escrúpulos los últimos bancales de almendros que quedaban alrededor del pueblo. Al final, de algún modo todos seguían haciendo negocio, todos menos Máximo Mínimo, a quién casi lo único que le quedaba era su Seat 600 aparcado en la era del tío Lumbreras, hacía más de un decenio, su rebaño, Billy el niño  y su perro  Cármides.

-¿Qué debía hacer? -los pastos no abundaban. No podía permitirse ni un día más no tener que echarle a su escuálido rebaño, aunque  en su interior le trajinaba la necesidad de no perder la misión que el Creador le había deleitado con semejante forma de vivir. Contemplar, observar, pensar, eran parte de su Máxima en la vida.

         En una  época de esplendor, ya en tiempos pretéritos tuvo un lapsus en su vida y se puso a poner su cuerpo en actividad. La agencia “el algarrobo” le propuso hacer de guía por la zona, como buen conocedor de la misma. Ocuparse de darles complacencia a los excursionistas, e ilustrarles sobre las rutas a través de las montañas, era su única misión. Tuvo que  ponerse un traje de uniforme, con un algarrobo serigrafiado a la espalda y alguna que otra vez dar placer a alguna turista despistada que buscaba lo autóctono y diferente, le debilitaba. La brega le duró poco, lo de ponerse el traje todos los días, le hacía sentir como embrujado por el mismo, y esto le agotaba.

Con golpes enérgicos al andar sintió que recobraba la antigua confianza, casi le embargó el entusiasmo. Se imaginó que rodaba sin parar por laderas verdes y se revolcaba en los bancales llenos de hierba. Uno tras otro, los golpes de sus pisadas lo alejaban del tufo de la traición. Sus pies y brazos se movían espontáneamente, y cuando por fin dejó de andar se volvió para mirar hacia atrás. La Mela era tan sólo una silueta cuadrada con puntitos blancos.

De comprensión grande y voz baja y retumbante, moreno tizne, aunque de pequeño el rubio aparecía en parte de su cabello, una rara casualidad, ya que toda su familia era de piel morena  y bruno el cabello.

Su padre cuando lo miraba, siempre sospechó de un inglés de unos dos metros de altura y el rostro más pálido de lo normal, que vino a inspeccionar el “lapis specularis” de Sorbas y estuvo a bien hospedarse en su casa. El tiempo tranquilizó al padre, el rubio se le fue, aunque el color de la cara no era el mismo que el de sus hermanos. Lo distinto en aquella época, hacía mella en las mujeres de la zona y  todos se sentían subyugados por el raro inglés. El día que  su madre se quedó fertilizada el cayado empezó a vibrar.

El ajetreo diario de sesteo y buen comer le hizo engordar un poco. Cuando andaba daba saltitos, como si llevara unos suspensores anti-gravedad. La prominente barriga le hacia un poco más gordo, aunque él pensaba que la barriga era bella, otro concepto de filosofía, según el universitario.

Apretó fuerte la mano en el bastón hasta que se le marcó la forma,  alzó la vista hacia delante y se dispuso a seguir a los animales. Sus movimientos eran apasionados, bruscos por la furia contenida. Intuía algo  y no sabía el que, tal vez sería lo de la venta de las tierras para  seguir con su forma de vida ¡Claro no podía ser otra cosa! Detuvo su deambular oteando  otra vez hacia atrás, era la segunda vez que lo hacía, algo intuía con tanta rotación de pescuezo.

          Las viviendas níveas y apiñadas se volvían cada vez  más distantes. La silenciosa y umbría garganta alentaba la fuerza saturada del aire, jugueteando con las ramas de los matorrales, reflejando su sombra por la escasa luminaria del astro sol, en las rocas ciclópeas de alrededor. El roce de las ramas en las pantorrillas, le hacía meditar.

          

Fue el Domingo de Ramos,  siempre le había gustado ver el encuentro del hijo con la madre. Era un designio que cumplía sin falta desde que hizo la primera comunión, era una forma de vida fútil y nunca la había perturbado, era como una cruz a lo largo de su vida, una penitencia que su cuerpo necesitaba revitalizar. Esa mañana había ordeñado a  mantequilla, era la más dócil de las cuatro y sus ubres eran placidas de tocar...

 Sopas en el tazón de su abuela, chapines limpios, estos los tenía desde la boda de sus primo Publio Jacinto, el que desapareció sin dejar rastro. Camisa con olor a alcanfor, un poco raída por el cuello, que había conocido tiempos mejores. Pitillo en boca y a la carretera. Siempre había algún vecino que no deseaba la soledad del corto trayecto a Sorbas y lo subía en su vehículo con complacencia, era un acompañante de una plática amena, siempre en el fluían las palabras.

         La iglesia era un epítome de varios estilos arquitectónicos. Erigida sobre una antigua aljama, con un frontón resaltado de unas bellas molduras en forma de dentículo rectangular. Una cruz y un rosetón dotado de vidrieras en forma radial resaltan parte de la portada con un doble simbolismo: uno mariano que tiene la estructura de una rosa, y otro que sugiere a Cristo como remedo de los rayos de sol.

         La puerta de la iglesia bajo el vano rectangular y unas bellas pilastras se cerró, Máximo Mínimo cumplió su designo de Semana Santa.

 La plaza bullía de personas de un lado a otro, el encierro de las imágenes llegó a su fin y todos al bar, como era tradición.

La brillante cerámica de la cafetería relumbraba de un azul lapislázuli. Máximo se llevó a la boca la caña recién tirada, y como un suave movimiento de olas penetró en su garganta, dejándole al pasar un grato retrogusto a cebada.

-¡Si una cueva con dibujos extraños y parece que muy antiguos! Ya de pequeño me daba espeluzno cada vez que pasaba con los animales por allí.-comentaba el Tío Ramplón, con su cigarro de picadura pegado a los labios y su tintorro del país en la mano -Aunque la historia viene de lejos, siempre ha habido desapariciones por la zona, lo mejor es no acercarse.

         - ¿Por cierto tu primo Publio Jacinto y tu padre no desaparecieron por la zona? Le dijo el Tío Ramplón…

         Esa mañana Máximo Mínimo  llevaba el mismo camino que su primo y padre, malos augurios se presentaban. Había algo que lo atraía como un imán. La garganta se hacía cada vez mas angosta. Las cañas regadas con la poca agua que corría, era un vergel dentro de un desierto, bullían con una exuberante vida. Las piedras de cantos redondeados por el fluir del agua a través de los años se encontraban por doquier. Los bordes  de la garganta con más de treinta metros de altura por ambos lados, enseñaban al observador el arrecife de coral y fósiles acumulados bajo un hábitat marino,  antes que se retiraran las aguas hasta alcanzar la línea de costa actual.

El balido de los animales y el ladrido de Cármides le sacaron de su meditación, sin darse cuenta que llegaba al final de la garganta.

La luminiscencia destellaba sus átomos pulverizados, en un hermoso arco iris, sobre el abrigo de La Mela.

Como un diamante en bruto, el único almendro existente cubría la entrada de la cueva. Sintió temor. Nunca antes había tenido la sensación de este momento. El báculo herencia de su padre, empezó a vibrar.

-¡¿Que me está pasando?! -dijo Máximo alzando la voz. Ahora se encontraba allí, junto a la cueva, como un modesto peón de ajedrez. Una especie de hipnosis le obligaba a entrar, inyectando en su mente un mensaje subliminal, entra, entra...

El artilugio empezó a hacer el trabajo para lo que estaba programado…

 Sintió como las garras del miedo le oprimían el corazón. Estaba inerte, no se podía mover. El báculo le obligaba a entrar. Como un resorte de torsión liberó la energía acumulada en sus piernas y de  un salto subió la piedra que le separaba del saliente de la roca, encaminándose hacia la entrada. Un distante recuerdo le vino a la mente, su primo Flavio Jacinto y su padre también desaparecieron. -¿Sería cosa de familia?

El no era un cobarde. Se irguió estudiando el lugar. Un largo y profundo túnel lineal se le presento delante de él. Alzó sus dos manos hacia arriba  alcanzando el techo. Las disparidades se amontonaban sobre la disparidad, parecía un confuso vínculo en las corrientes del espacio.

 Se veía todo claroscuro, una sensación de humedad relativa venida de las profundidades saturaba el aire del túnel. Continuó transitando, notando bajo sus pies que la pendiente iba en aumento.

 Mientras avanzaba su cara era un rictus, su yo disminuía progresivamente como si hubiese perdido un fragmento de sí mismo y supiera que iba a encontradlo allí. Una luz especial iluminaba los detalles, sus haces irradiaban en la enorme bóveda una claridad vaga. Estaba absorto. No había palabras para  describir lo que le rodeaba. Empezó a dar vueltas alrededor de la cavidad contemplando las semejantes y extrañas figuras  que le rodeaban.

Con un brillo certero en su mirada empezó a avizorar un friso compuesto por numerosos dibujos. Destacaban figuras humanas antropomorfas con brazos curvos, formas zoomórficas donde se podían apreciar varios especímenes de animales, y formas serpenteantes en  ziz zag. En el centro sobre el suelo sobresalía una losa que cubría parte de la cueva. Separado del centro un gran betilo horadaro en su parte superior, enclaustraba en la parte ungida de la piedra, unos rayos de sol formando un disco perfecto. Como un vigilante, la extraña piedra se hacía  depositaria del entorno.

Durante un minuto mantuvo los ojos cerrados respirando ávidamente la tenue frescura. Como un autómata abrió sus manos apretando un tupido velo de halo, que se había formado alrededor de su rostro. Ahora se enfrentaba a ese último  y terrible momento.

- ¿Qué hacer? -agachó la cabeza como un danzarín al tomar carrerilla y con brío intentó deshacer lo andado. -¡No puedo! -una fuerza invisible le retenía adosado al piso.

El báculo empezó vibrar. Lo dejó caer, pasando su fuerte mano por el sudor que perlaba en su labio superior.

 -¡Voy a morir! -gritó, un sonido a medio camino entre un aullido de desesperación  y miedo. Su negro pelo rizado ondeaba con el movimiento frenético de brazos y piernas, intentaban zafarse de la situación. Cualquier cosa con tal de alejarse.

La losa empezó a levitar sostenida por los rayos de luz surgidos  del disco, situado en la misteriosa piedra erguida.  De pronto la fuerza invisible que le tenía retenido le soltó. Una gran abertura apareció debajo de la estela. La gallada herencia de su padre empezó a flotar,  sobrevolando por la abertura y despareciendo por ella.

Se acercó lentamente, no deducía porque no tenía miedo. Miró en su interior. Su mirada buscaba continuamente algo, no vio nada, todo estaba oscuro. Se sintió desorientado, como un comandante en serviola en plena tormenta.

 Un repentino baño de calor y luminosidad colgaba sobre la abertura, permitiendo que aquel resplandor insinuara una cálida atmosfera. Sus oscuros ojos se abrieron de par en par, incrédulos, al contemplar la magnitud de los acontecimientos, los cerró y se encomendó a Dios.

  Siempre se había considerado agnóstico, por si algún día aparecía alguien… había que dejar una puerta abierta.

La luz le empezó a rodear, haciéndole levitar. El pulso se le aceleró.

-¡El sufrimiento es mi maestro, siempre lo ha sido! -gritó. En un abrir y cerrar de ojos el agujero lo absorbió.

La gran losa volvió a su sitio. El silencio y la oscuridad  volvieron a reinar en la cueva.

Todo estaba oscuro. Su mirada iba de un lado a otro buscando algún punto de referencia. Un tenue resplandor empezó a surgir como el amanecer de un nuevo día. Vio luces refulgentes tirando al rojo al final de un largo pasillo en forma de tubo cilíndrico. Una descarga de adrenalina le proporciono el valor suficiente para encaminarse hacia los destellos rojizos.

El báculo de su padre apareció flotando en el pasillo y se asió de golpe en su ruda mano. La serenidad le volvió a su ser.

-Nada tenía sentido, ¿que le estaba pasando?. -pensó.

Eran unos ojos hermosísimos, inquietos, cuya perfección se veía realzada por un brillo atenuado y misterioso. El rostro oval y bien cortado era la trabajosa construcción de una perfección universal. Una leve sonrisa danzaba alrededor de sus labios.

La dama levantó la mirada, como un gato, que echado en los candentes y perturbadores raudales de la luz del sol, entorna los perezosos ojos para recibir al agasajado.

-Máximo, tu padre y tu primo te esperan, ven conmigo -le dijo la dama con voz melódica.

- ¡Voy! -supo en ese momento quien era y para lo que estaba destinado. Un último pensamiento le sobrevino a Máximo Mínimo. No he podido ensalzar mi vida con una victoria, pero al menos brindaré paz a mi alma.

La madre tierra había engendrado la fase siguiente de la evolución humana.

El sol empezaba a bordear la garganta.

Era… seguía siendo, una bonita mañana.

No se veía a nadie… nadie en los alrededores.

Cármides mantenía al rebaño reunido esperando a su dueño.

 

   Rafael Sorroche

(Octubre 2020

 

 
     
     
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